1. Introducción
En América Latina y el Caribe, la gestión integral de riesgos frente al cambio climático
deja de ser una función reactiva y se convierte en una condición de gobernanza
territorial, porque el riesgo climático resulta de la interacción entre amenazas, exposición
y vulnerabilidad social. Ecuador expresa esta tensión con claridad: en 2024 cuenta con
18.815.497 habitantes, de los cuales una proporción relevante se concentra en
provincias costeras y andinas expuestas a inundaciones, deslizamientos, sequías,
erosión costera y estrés hídrico (INEC, 2024; IPCC, 2022). La unidad de análisis de este
estudio se sitúa, por tanto, en la población ecuatoriana y en los sistemas territoriales
donde convergen infraestructura crítica, medios de vida, salud pública y capacidades
institucionales para anticipar, reducir y responder a eventos extremos.
La presión climática regional intensifica esta problemática, dado que 2024 es el año más
cálido o el segundo más cálido registrado en América Latina y el Caribe, con una
anomalía de +0,90 °C respecto del promedio 1991–2020; al mismo tiempo, la región
enfrenta sequías persistentes, incendios, inundaciones severas, huracanes tempranos
de categoría 5 y retroceso acelerado de glaciares andinos (WMO, 2025). En Ecuador,
donde la variabilidad asociada a El Niño y La Niña modula lluvias intensas, déficits
hídricos y deslizamientos, el riesgo no opera como un evento aislado, sino como una
cadena de impactos sobre agua, energía, agricultura, movilidad y salud (Banco Mundial,
2024). Esta condición exige analizar la gestión de riesgos como un proceso sistémico,
no como una suma de respuestas sectoriales.
La magnitud de las afectaciones recientes muestra que la exposición territorial ya se
traduce en daños concretos. Entre el 29 de enero y el 20 de junio de 2024, Ecuador
reporta 1.854 eventos peligrosos por lluvias en 24 provincias, 195 cantones y 642
parroquias; las inundaciones representan el 49,57 % y los deslizamientos el 29,23 %,
con 28 fallecidos, 60 heridos, 199.538 personas afectadas, 3.802 damnificadas, 44.796
viviendas afectadas y 31.830,52 hectáreas de cultivos impactadas (SNGR, 2024). Esta
evidencia revela que no abordar integralmente el riesgo implica pérdidas humanas,
deterioro de infraestructura, presión fiscal, interrupción educativa y debilitamiento de
medios de vida rurales y urbanos.
Los impactos económicos refuerzan la urgencia de una gestión integral, porque Ecuador
presenta alta exposición a inundaciones, deslizamientos, calor extremo, incendios,
tsunamis y volcanes, mientras cerca del 20 % de su población se encuentra expuesta a
una inundación de al menos 15 cm (Banco Mundial, 2024). El mismo informe estima que
los eventos de El Niño 1997–1998 generan pérdidas de USD 2.869 millones,
equivalentes al 15 % del PIB de 1997, y que el cambio climático puede reducir el PIB
real de 2050 entre 1,8 % y 3,7 %, según escenarios húmedo-cálido o seco-caliente
(Banco Mundial, 2024). Estas cifras evidencian que el riesgo climático no solo amenaza
ecosistemas, sino también estabilidad macroeconómica, inversión pública y continuidad
de servicios esenciales.
Los efectos sanitarios y sociales amplían el problema, porque los eventos extremos
modifican condiciones ambientales favorables para enfermedades vectoriales,
inseguridad alimentaria, movilidad humana y deterioro del bienestar. En 2024, la OPS