Revista de Investigación y Liderazgo Vol. 03 (Num. 02)(Abril Junio 2026) ISSN XXXX-XXXX
Rutas interdisciplinarias del conocimiento actual
Recibido: 30/03/2026 Aceptado: 20/04/2026 Publicado: 17/05/2026
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50
DOI: https://doi.org/10.63618/omd/revinvlid/v3/n2/4
Enfoques, indicadores y efectividad de la restauración
ecológica de ecosistemas degradados
Approaches, indicators, and effectiveness of ecological restoration of
degraded ecosystems
Zapata-Velasco, Mayra Lisette
1
; Hidalgo-Zambrano, Katherin Clarita
2
1
Universidad Estatal del Sur de Mana; Ecuador; https://orcid.org/0000-0003-1578-3776;
mayra.zapata@unesum.edu.ec
2
Investigador Independiente; Ecuador; https://orcid.org/0009-0003-1132-190X; kateclarita@hotmail.com
Cita: Zapata-Velasco, M. L., & Hidalgo-Zambrano, K. C. (2026). Enfoques, indicadores y
efectividad de la restauración ecológica de ecosistemas degradados. Revista De Investigación
Y Liderazgo, 3(2), 50-65. https://doi.org/10.63618/omd/revinvlid/v3/n2/4
Resumen
La degradación de ecosistemas en América Latina constituye un problema ecológico y
socioambiental crítico, debido a la pérdida de biodiversidad, servicios ecosistémicos,
conectividad, productividad territorial y resiliencia climática. El objetivo del estudio fue analizar
los enfoques, indicadores y nivel de efectividad de la restauración ecológica en ecosistemas
degradados latinoamericanos. La metodología se desarrolló mediante una revisión bibliográfica
exploratoria de documentos científicos, técnicos e institucionales publicados entre 2005 y 2025,
organizados a través de una matriz de extracción y analizados mediante síntesis narrativa y
categorización temática. Los resultados evidencian que la restauración activa, pasiva, asistida,
forestal de paisajes y los modelos híbridos presentan niveles de efectividad variables según el
grado de degradación, la conectividad del paisaje, los recursos disponibles y el horizonte de
monitoreo. La discusión muestra que la restauración genera mejoras verificables en cobertura
vegetal, biodiversidad, biomasa y algunos servicios ecosistémicos, aunque persisten limitaciones
asociadas a indicadores predominantemente biofísicos, monitoreos breves, financiamiento
discontinuo y baja integración social. Se concluye que la restauración ecológica efectiva requiere
coherencia entre diagnóstico, enfoque, indicadores multidimensionales y seguimiento sostenido
para demostrar recuperación ecológica, funcional y social.
Palabras clave: restauración ecológica; ecosistemas degradados; indicadores ambientales;
biodiversidad; América Latina.
Abstract
Ecosystem degradation in Latin America represents a critical ecological and socio-environmental
problem due to the loss of biodiversity, ecosystem services, connectivity, territorial productivity,
and climate resilience. The objective of this study was to analyze the approaches, indicators, and
effectiveness of ecological restoration in degraded Latin American ecosystems. The methodology
was based on an exploratory bibliographic review of scientific, technical, and institutional
documents published between 2005 and 2025, organized through an extraction matrix and
examined using narrative synthesis and thematic categorization. The results show that active
restoration, passive restoration, assisted natural regeneration, forest landscape restoration, and
hybrid models present variable levels of effectiveness depending on degradation severity,
landscape connectivity, available resources, and monitoring timeframes. The discussion indicates
that restoration produces measurable improvements in vegetation cover, biodiversity, biomass,
and some ecosystem services; however, limitations persist due to predominantly biophysical
indicators, short-term monitoring, discontinuous funding, and limited social integration. It is
concluded that effective ecological restoration requires coherence among diagnosis, approach,
multidimensional indicators, and sustained monitoring to demonstrate ecological, functional, and
social recovery.
Keywords: ecological restoration; degraded ecosystems; environmental indicators; biodiversity;
Latin America.
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1. Introducción
La degradación de ecosistemas en América Latina constituye un problema ecológico y
socioecológico de alta prioridad porque compromete bosques, pastizales, humedales,
manglares, riberas y paisajes productivos que sostienen biodiversidad, agua, carbono y
medios de vida rurales. La región concentra cerca del 23 % de los bosques del mundo,
pero entre 1990 y 2020 perdió 138 millones de hectáreas de cobertura forestal, al pasar
de 1.070 millones a 932 millones de hectáreas; por ello, los ecosistemas degradados
son una unidad de análisis estratégica para evaluar restauración más allá de la simple
revegetación (CEPAL, 2021; FAO, 2021).
La presión sobre estos ecosistemas se explica por cambios de uso del suelo, expansión
agropecuaria, infraestructura, incendios, extracción de recursos y prácticas productivas
que reducen conectividad, fertilidad del suelo, regulación hídrica y resiliencia climática.
La literatura internacional advierte que la degradación afecta el bienestar de al menos
3.200 millones de personas y puede representar pérdidas superiores al 10 % del PIB
mundial por servicios ecosistémicos, mientras que en América Latina se estiman costos
de degradación cercanos a US$52.000 millones anuales (IPBES, 2018; Zamora-
Cristales et al., 2022). No abordar esta trayectoria incrementa riesgos de escasez
hídrica, erosión, inseguridad alimentaria y pérdida de capital natural, especialmente en
territorios dependientes de la productividad ecológica (CBD, 2022).
La restauración ecológica surge en este escenario como una respuesta científica,
técnica y política orientada a asistir la recuperación de ecosistemas degradados,
dañados o destruidos, aunque su efectividad depende de metas verificables, escalas
adecuadas y horizontes temporales realistas (Gann et al., 2019). La evidencia muestra
beneficios relevantes: una revisión de 89 evaluaciones encontró aumentos promedio de
44 % en biodiversidad y 25 % en servicios ecosistémicos frente a áreas degradadas,
aunque los valores restaurados permanecieron por debajo de ecosistemas de referencia
(Rey Benayas et al., 2009). En América Latina, la regeneración de bosques secundarios
tropicales podría almacenar 2,0 Pg C adicionales en 40 años si se permitiera regenerar
el 40 % de los pastizales de tierras bajas, lo que confirma el potencial climático de
enfoques bien focalizados (Chazdon et al., 2016).
La literatura, pese a su avance, mantiene brechas que limitan la toma de decisiones y
la comparabilidad regional. Una parte importante de los estudios mide éxito mediante
riqueza de especies, cobertura vegetal o estructura de la vegetación, pero incorpora con
menor frecuencia procesos ecológicos, conectividad, funciones hidrológicas,
permanencia del carbono, gobernanza, costos, beneficios sociales o equidad territorial
(Ruiz-Jaen & Aide, 2005; Wortley et al., 2013). Esta fragmentación explica resultados
inconsistentes: proyectos con alta supervivencia de plantas pueden fallar en
funcionalidad ecológica, mientras que restauraciones pasivas pueden ser efectivas
cuando la matriz del paisaje conserva fuentes de propágulos y baja presión antrópica
(Gann et al., 2019; McKenna et al., 2023).
La conveniencia de estudiar enfoques, indicadores y efectividad radica en que América
Latina no solo enfrenta degradación persistente, sino también compromisos de
restauración a gran escala, como la Iniciativa 20x20, que busca proteger y restaurar
alrededor de 50 millones de hectáreas de bosques, fincas, pasturas y otros paisajes
hacia 2030 (Romijn et al., 2019). El análisis integrado aporta valor teórico al ordenar
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criterios de éxito ecológico, funcional, social y económico; además, ofrece utilidad
metodológica al proponer indicadores comparables para evaluar restauración activa,
restauración pasiva, regeneración natural asistida, agroforestería, rehumidificación de
humedales y recuperación de manglares. Su relevancia práctica también es económica:
cada hectárea restaurada puede agregar alrededor de US$1.140 en valor para
propietarios y comunidades, según estimaciones regionales (Zamora-Cristales et al.,
2022).
La viabilidad del estudio se sostiene en la disponibilidad creciente de literatura científica,
evaluaciones regionales, inventarios forestales, bases geoespaciales, datos satelitales
y reportes de proyectos que permiten contrastar enfoques sin intervenir directamente
comunidades o ecosistemas sensibles. La medición remota de cobertura, biomasa,
estructura y cambios de paisaje puede complementarse con indicadores de campo,
costos, participación social y gobernanza, reduciendo sesgos asociados a evaluaciones
exclusivamente biofísicas (CEPAL, 2021; McKenna et al., 2023). En esa línea, el
objetivo general es analizar los enfoques, indicadores y efectividad de la restauración
ecológica de ecosistemas degradados en América Latina; sus objetivos específicos
consisten en describir los enfoques aplicados, determinar los indicadores utilizados,
comparar la efectividad ecológica y socioeconómica, y relacionar condiciones de diseño,
monitoreo y gobernanza con los resultados observados (Gann et al., 2019).
El aporte esperado consiste en construir una lectura integradora que distinga
restauración nominal de restauración efectiva, vinculando metas globales como
restaurar al menos el 30 % de los ecosistemas degradados hacia 2030con evidencias
verificables de recuperación ecológica, funcional y social (CBD, 2022). La originalidad
del trabajo se ubica en conectar tres dimensiones que suelen analizarse por separado:
los enfoques de intervención, los indicadores de seguimiento y la efectividad
demostrada en ecosistemas degradados latinoamericanos. De este modo, el artículo
puede orientar decisiones académicas, técnicas e institucionales al mostrar qué se mide,
qué se omite, qué resultados son robustos y qué condiciones aumentan la probabilidad
de restauraciones duraderas, justas y ecológicamente significativas (Ruiz-Jaen & Aide,
2005; Wortley et al., 2013; Gann et al., 2019).
2. Materiales y Métodos
La investigación se desarrolló como una revisión bibliográfica exploratoria, orientada a
reconocer, ordenar y analizar la producción académica sobre enfoques, indicadores y
efectividad de la restauración ecológica de ecosistemas degradados. Esta elección
metodológica resultó pertinente porque el campo presenta alta dispersión conceptual,
diversidad de diseños empíricos y heterogeneidad en la forma de medir el éxito de la
restauración. En lugar de probar hipótesis causales, el estudio buscó mapear
tendencias, vacíos y relaciones analíticas entre tipos de intervención, criterios de
evaluación y resultados reportados. Por ello, la unidad de análisis estuvo constituida por
artículos científicos, revisiones, capítulos académicos, informes técnicos especializados
y documentos institucionales con sustento metodológico explícito, siguiendo una lógica
propia de las revisiones exploratorias y de alcance.
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El proceso de búsqueda se delimitó al periodo 20052025, con el propósito de abarcar
dos décadas de consolidación del debate contemporáneo sobre restauración ecológica,
incluyendo el aumento reciente de compromisos internacionales asociados a
recuperación de ecosistemas, biodiversidad, carbono y servicios ecosistémicos. Se
utilizaron combinaciones de descriptores en español, inglés y portugués, entre ellos
“restauración ecológica”, “ecological restoration”, “ecosystem restoration”, “ecosistemas
degradados”, “degraded ecosystems”, “restoration success”, “indicators”,
“effectiveness”, “Latin America” y “América Latina”, aplicando operadores booleanos
para ampliar o restringir los resultados según pertinencia temática.
La selección de documentos se efectuó mediante una revisión progresiva de tulos,
resúmenes y textos completos, priorizando aquellos trabajos que abordaran
ecosistemas degradados, enfoques de restauración, indicadores de seguimiento o
evidencias de efectividad ecológica, funcional o socioeconómica. Se incluyeron estudios
empíricos, revisiones académicas, metaanálisis y marcos técnicos que presentaran
criterios de evaluación, variables observables o resultados interpretables en relación con
la restauración. Se excluyeron documentos sin acceso al texto completo, publicaciones
duplicadas, notas de opinión sin sustento metodológico, estudios centrados
exclusivamente en viverización o propagación vegetal sin conexión con restauración de
ecosistemas, y trabajos que no permitieran identificar indicadores o resultados. Esta
depuración permitió construir un corpus documental pertinente, no estadístico, definido
por saturación temática y coherencia con el objetivo exploratorio del estudio.
Para organizar la información se diseñó una matriz de extracción en la que se registraron
autoría, año, país o región, tipo de ecosistema, condición de degradación, enfoque de
restauración, escala espacial, duración del monitoreo, indicadores utilizados, resultados
principales, limitaciones declaradas y aportes metodológicos. Los enfoques se
agruparon en restauración activa, restauración pasiva, regeneración natural asistida,
rehabilitación productiva, restauración de paisajes, restauración basada en servicios
ecosistémicos y estrategias híbridas. Los indicadores se clasificaron en dimensiones
estructurales, composicionales, funcionales, socioeconómicas y de gobernanza, con el
fin de evitar una lectura reducida al establecimiento de cobertura vegetal o supervivencia
de plantas. Esta estrategia permit comparar evidencias heterogéneas sin asumir
equivalencia directa entre estudios con escalas, ecosistemas y horizontes temporales
distintos.
El análisis se realizó mediante síntesis narrativa y categorización temática, buscando
patrones recurrentes, tensiones conceptuales y vacíos metodológicos en la literatura
revisada. La efectividad de la restauración se interpretó a partir de la correspondencia
entre objetivos declarados, indicadores empleados y resultados reportados,
distinguiendo entre recuperación parcial, recuperación funcional, mejora de servicios
ecosistémicos y aproximación a ecosistemas de referencia. Esta lectura permitió
examinar si los estudios evaluaban únicamente cambios biofísicos inmediatos o si
incorporaban procesos ecológicos de mediano plazo, conectividad, resiliencia, costos,
participación social y sostenibilidad institucional. En consecuencia, el análisis no
pretendió establecer una jerarquía universal de enfoques, sino identificar bajo qué
condiciones ciertos indicadores resultan más adecuados para valorar la restauración en
ecosistemas degradados latinoamericanos.
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Dado que el estudio se basó exclusivamente en fuentes documentales de acceso
académico o institucional, no involucró intervención directa sobre personas,
comunidades, fauna, flora ni territorios específicos. En términos éticos, se resguardó la
trazabilidad de las fuentes, la fidelidad interpretativa de los hallazgos originales y la
diferenciación entre evidencia empírica, propuestas conceptuales e inferencias
analíticas del presente trabajo. Asimismo, se evitó atribuir efectividad a intervenciones
cuando los documentos revisados no reportaban monitoreo suficiente, comparación con
línea base o indicadores verificables. Esta precaución metodológica fue relevante
porque la restauración ecológica puede generar expectativas técnicas, sociales y
financieras elevadas, por lo que su análisis exige criterios transparentes, comparables
y prudentes para no confundir revegetación, rehabilitación parcial o compensación
ambiental con restauración ecológica efectiva.
3. Resultados
3.1. Efectividad de la restauración ecológica en ecosistemas degradados de
América Latina
La efectividad de la restauración ecológica en América Latina debe entenderse como un
proceso gradual de recuperación ecológica, funcional y socioinstitucional, no como un
resultado inmediato asociado únicamente al aumento de cobertura vegetal. En una
región donde los ecosistemas degradados incluyen bosques tropicales húmedos y
secos, manglares, humedales, páramos, sabanas, paisajes agropecuarios y áreas
fragmentadas por infraestructura, la restauración efectiva exige coherencia entre
diagnóstico del daño, selección del enfoque, indicadores de seguimiento y horizonte
temporal de evaluación. Esta perspectiva es relevante porque una intervención puede
mostrar éxito temprano en supervivencia de plantas o revegetación, pero fracasar en
composición de especies, conectividad ecológica, regulación hídrica, acumulación
estable de carbono o apropiación comunitaria. Por ello, los estándares internacionales
sostienen que la restauración debe reparar daño ecológico y reconstruir relaciones más
saludables entre sociedad y naturaleza, integrando biodiversidad, bienestar humano,
resiliencia climática y sostenibilidad territorial (Gann et al., 2019).
La evidencia regional muestra que la restauración latinoamericana ha ganado densidad
política y científica, aunque mantiene una ejecución desigual según ecosistema, país,
fuente de financiamiento y capacidad de monitoreo. Romijn et al. (2019) identificaron
154 proyectos recientes, en curso o planificados en América Latina y el Caribe, con
predominio de iniciativas en trópicos húmedos y menor atención a tierras secas, pese a
que estas últimas presentan alta vulnerabilidad ecológica y social. Los objetivos s
reiterados en esos proyectos fueron incrementar cobertura vegetal, recuperar
biodiversidad y restablecer procesos ecológicos; sin embargo, los autores advierten que
todavía se requiere analizar con mayor precisión si las actividades implementadas
cumplen efectivamente las metas declaradas. Así, la efectividad aparece como un
campo de evaluación abierto: no basta con registrar hectáreas intervenidas, sino que se
requiere demostrar recuperación mediante indicadores comparables, líneas de base y
monitoreo de mediano y largo plazo (Romijn et al., 2019).
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3.1.1. Enfoques predominantes de restauración ecológica
Los enfoques predominantes de restauración ecológica en América Latina se
distribuyen en un continuo de intervención que va desde la restauración pasiva hasta la
restauración activa intensiva. La restauración pasiva se apoya en la regeneración
natural mediante reducción de presiones como pastoreo, tala, fuego o extracción; la
regeneración natural asistida agrega acciones dirigidas a remover barreras
sucesionales, controlar especies competidoras o mejorar disponibilidad de propágulos;
y la restauración activa incorpora plantaciones mixtas, enriquecimiento, nucleación,
estabilización de suelos, control de erosión y manejo de especies invasoras. Esta
diversidad confirma que la restauración no constituye una técnica homogénea, sino una
familia de decisiones ecológicas ajustadas a la severidad de la degradación, la historia
de uso del suelo, la conectividad del paisaje y la disponibilidad de recursos técnicos y
financieros (Meli et al., 2017; Gann et al., 2019).
La revisión de Romijn et al. (2019) permite observar que los proyectos latinoamericanos
combinan estrategias según escala, financiamiento y propósito. Los programas
asociados al Forest Investment Program y al Global Environment Facility tendieron a
apoyarse en regeneración natural o asistida en superficies amplias, superiores a 20.000
hectáreas, mientras que proyectos vinculados al Clean Development Mechanism
priorizaron plantaciones forestales en áreas menores a 5.000 hectáreas, incluso con
presencia de monocultivos exóticos. En contraste, las iniciativas de escala local y
aquellas vinculadas a la Iniciativa 20x20 mostraron repertorios más diversos, con
exclusión de pastoreo, control de erosión y plantaciones mixtas. Esta diferenciación
sugiere que la elección del enfoque no siempre responde solo a criterios ecológicos,
sino también a reglas de financiamiento, metas climáticas, disponibilidad de mano de
obra y marcos institucionales de ejecución (Romijn et al., 2019).
La restauración forestal de paisajes se ha consolidado como uno de los enfoques más
influyentes porque permite intervenir territorios heterogéneos donde coexisten parches
de bosque, agricultura, ganadería, áreas de conservación y asentamientos humanos.
Cole et al. (2024), a partir de 166 practicantes en 14 países latinoamericanos, hallaron
que la plantación activa de árboles continúa siendo la intervención más utilizada, incluida
en más del 92 % de los programas, aunque las estrategias de menor intensidad, como
la regeneración natural, se implementan con mayor frecuencia cuando los proyectos
operan a escalas iguales o superiores a 500 hectáreas. Este resultado no invalida la
regeneración natural, sino que evidencia una lógica operativa: cuando la escala crece,
los costos obligan a seleccionar intervenciones menos intensivas; cuando el sitio está
más degradado o se busca acelerar la recuperación de atributos específicos, las
plantaciones y el enriquecimiento adquieren mayor importancia (Cole et al., 2024).
La regeneración natural y la regeneración asistida ocupan un lugar estratégico en la
región por su potencial de bajo costo relativo y por su contribución climática. Chazdon
et al. (2016) estimaron que, en 2008, los bosques secundarios de tierras bajas en los
trópicos latinoamericanos cubrían 2,4 millones de km², equivalentes al 28,1 % del área
de estudio, y que podían acumular 8,48 Pg C en biomasa aérea durante 40 años, lo que
corresponde a 31,09 Pg CO
secuestrado. Además, permitir la regeneración natural en
el 40 % de los pastizales de tierras bajas podría almacenar 2,0 Pg C adicionales en
cuatro décadas. Estos datos muestran que la restauración pasiva, cuando existen
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condiciones ecológicas favorables, no representa abandono técnico, sino una estrategia
deliberada de manejo sucesional con alto potencial de mitigación climática,
recuperación de biodiversidad y reducción de costos (Chazdon et al., 2016).
La restauración activa conserva, sin embargo, una función decisiva en contextos donde
la degradación ha sobrepasado umbrales que impiden una recuperación espontánea
robusta. El estudio de Díaz-García et al. (2020) en un bosque mesófilo de montaña de
México mostró que, después de 23 años, la restauración activa y pasiva alcanzaron
recuperaciones similares en riqueza y composición de anfibios, hormigas y escarabajos
estercoleros, pero la restauración activa favoreció más la recuperación de especies
especialistas de bosque. Esto confirma que el enfoque más efectivo no es universal,
sino dependiente del atributo que se pretende restaurar (Díaz-García et al., 2020).
Tabla 1
Restauración activa en ecosistemas degradados y su contribución a la recuperación
ecológica
Aspecto analizado
Descripción
Tipo de restauración
Restauración activa
Función principal
Cumple una función decisiva cuando la degradación del ecosistema
ha superado los umbrales que impiden una recuperación natural o
espontánea robusta.
Contextos donde es
necesaria
Paisajes altamente fragmentados, suelos compactados, potreros con
gramíneas invasoras, áreas afectadas por incendios recurrentes y
sitios alejados de bosques remanentes.
Estrategias utilizadas
Plantación de especies nativas, nucleación, enriquecimiento
ecológico y manejo del microhábitat.
Efectos ecológicos
esperados
Aceleración de la recuperación de la estructura vegetal, generación
de sombra, aumento de hojarasca, mejora de la humedad edáfica y
provisión de recursos para la fauna.
Evidencia científica
Díaz-García et al. (2020) estudiaron un bosque mesófilo de montaña
en México y compararon los efectos de la restauración activa y pasiva
después de 23 años.
Resultados del estudio
Ambas formas de restauración alcanzaron recuperaciones similares
en riqueza y composición de anfibios, hormigas y escarabajos
estercoleros.
Aporte particular de la
restauración activa
Favoreció en mayor medida la recuperación de especies especialistas
de bosque.
Interpretación principal
La efectividad de la restauración no depende de un único enfoque
universal, sino del tipo de ecosistema, el grado de degradación y el
atributo ecológico que se busca recuperar.
Cita base
Díaz-García et al. (2020)
Nota: La tabla sintetiza los principales contextos, estrategias y efectos ecológicos asociados con
la restauración activa en ecosistemas altamente degradados. Asimismo, incorpora evidencia
empírica del estudio de Díaz-García et al. (2020), destacando que la efectividad de la
restauración depende del grado de degradación del sitio y del atributo ecológico que se busca
recuperar.
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3.1.2. Indicadores utilizados para evaluar la restauración
Los indicadores utilizados para evaluar la restauración en América Latina continúan
concentrándose en variables ecológicas observables y relativamente accesibles, como
cobertura vegetal, riqueza de especies, supervivencia de plántulas, densidad de
individuos, área basal, composición florística, regeneración natural, estructura del dosel,
biomasa, hojarasca, infiltración, compactación del suelo y presencia de especies
nativas. Esta preferencia responde a que dichas variables permiten mediciones directas
y comparaciones con ecosistemas de referencia; no obstante, también puede producir
una lectura parcial del éxito, especialmente cuando el monitoreo se limita a los primeros
años de intervención. Ruiz-Jaen y Aide (2005) ya advertían que el éxito de la
restauración debía evaluarse mediante trayectorias temporales y comparación con sitios
de referencia, evitando reducir el análisis a un único atributo estructural o composicional
(Ruiz-Jaen & Aide, 2005).
La revisión regional de Mazón et al. (2019) confirma esa inclinación hacia lo biofísico.
En 91 artículos sobre monitoreo de restauración en América Latina y el Caribe, 84
evaluaron indicadores ecológicos, mientras que solo 7 incorporaron mediciones
socioeconómicas; además, los ensamblajes de especies fueron el atributo más
frecuente, con 73 %, seguidos por condiciones físicas, con 54 %, y funciones ecológicas,
con 51 %. Este patrón revela un sesgo metodológico importante: se monitorea con
mayor frecuencia aquello que es más fácil de medir en campo o mediante inventarios,
pero se observa menos la dimensión social, económica y de gobernanza que condiciona
la permanencia de los resultados. En paisajes habitados, esta omisión es crítica porque
la restauración puede depender tanto de la dinámica ecológica como de acuerdos
comunitarios, incentivos económicos, seguridad en la tenencia de la tierra y continuidad
institucional (Mazón et al., 2019).
La efectividad requiere, por tanto, indicadores capaces de capturar simultáneamente
estructura, composición, función y sostenibilidad social. De Oliveira et al. (2021), en la
Mata Atlántica brasileña, seleccionaron 52 indicadores para proyectos de restauración
forestal de alta diversidad y los organizaron en seis categorías: físicos y estructurales,
composición/biodiversidad, servicios ambientales, procesos ecológicos, económicos y
sociales. Su análisis mostró que los atributos sociales, como aceptación comunitaria,
resultan especialmente importantes desde los primeros 2 a 3 años; los indicadores
físicos y estructurales adquieren peso entre 3 y 10 años; la composición, biodiversidad
y procesos ecológicos se vuelven más relevantes después de los primeros años; y los
servicios ecosistémicos tienden a ser indicadores más apropiados en horizontes largos.
Este enfoque temporal evita exigir a una restauración joven resultados propios de un
ecosistema maduro (de Oliveira et al., 2021).
La selección de indicadores también debe responder al objetivo del proyecto, porque
una restauración orientada a biodiversidad no puede evaluarse con los mismos criterios
que una intervención centrada en control de erosión, carbono, conectividad, agua o
productividad agroecológica. Cole et al. (2024) encontraron una desalineación extendida
entre los objetivos de restaurar biodiversidad y los indicadores efectivamente medidos
por los practicantes, lo cual reduce la capacidad de demostrar resultados sustantivos.
Si el propósito declarado es recuperar biodiversidad, los indicadores deberían incluir no
solo número de árboles plantados o cobertura vegetal, sino composición de especies
nativas, reclutamiento, llegada de dispersores, recuperación de fauna, conectividad con
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remanentes y reducción de especies generalistas oportunistas. En consecuencia, un
sistema de monitoreo robusto debe partir de metas explícitas, umbrales verificables y
periodicidad suficiente para detectar cambios ecológicos reales (Cole et al., 2024; Gann
et al., 2019).
Los indicadores funcionales son particularmente importantes porque permiten
diferenciar una cobertura vegetal aparentemente exitosa de una restauración
ecológicamente significativa. La acumulación de carbono, la infiltración, la estabilidad
del suelo, la cicatrización de procesos erosivos, la retención de humedad, el reciclaje de
nutrientes, la dispersión de semillas, la polinización, la regulación térmica y la
recuperación de redes tróficas ofrecen evidencia más profunda sobre la reconstrucción
de procesos. El metaanálisis de Rey Benayas et al. (2009) mostró que la restauración
aumentó, en promedio, 44 % la biodiversidad y 25 % los servicios ecosistémicos,
aunque ambos permanecieron por debajo de ecosistemas intactos de referencia. Este
resultado es clave para los resultados del artículo, porque indica que la restauración
produce mejoras medibles, pero no debe confundirse con recuperación plena ni con
sustitución de la conservación de ecosistemas remanentes (Rey Benayas et al., 2009).
3.1.3. Nivel de efectividad y principales limitaciones encontradas
El nivel de efectividad reportado en América Latina puede caracterizarse como positivo,
pero incompleto, heterogéneo y condicionado por el tipo de ecosistema, la severidad de
la degradación, el enfoque aplicado y la duración del monitoreo. La literatura coincide
en que la restauración suele mejorar cobertura, biomasa, riqueza de especies,
estructura de vegetación y ciertos servicios ecosistémicos frente a áreas degradadas;
sin embargo, no siempre alcanza la composición, complejidad estructural o
funcionalidad de ecosistemas de referencia. Esta diferencia es metodológicamente
relevante porque muchos proyectos comunican éxito a partir de indicadores tempranos,
mientras la recuperación de comunidades especializadas, interacciones ecológicas,
estabilidad edáfica y resiliencia climática puede requerir décadas. La efectividad, por
tanto, debe expresarse como trayectoria y no como condición binaria de éxito o fracaso
(Rey Benayas et al., 2009; Gann et al., 2019).
Los estudios comparativos entre restauración activa y pasiva muestran que ambas
estrategias pueden ser efectivas, pero bajo condiciones distintas. Crouzeilles et al.
(2017) reportaron, en un metaanálisis de bosques tropicales, que la regeneración natural
puede alcanzar resultados superiores a la restauración activa para ciertos atributos de
biodiversidad y estructura vegetal, especialmente cuando el paisaje conserva fuentes
de propágulos, baja presión antrópica y conectividad suficiente. No obstante, Díaz-
García et al. (2020) mostraron que, en un paisaje de bosque mesófilo mexicano, la
restauración activa y pasiva lograron resultados semejantes en riqueza y composición
de varios grupos faunísticos tras 23 años, pero la restauración activa favoreció más a
especies especialistas. Esta aparente tensión no es una contradicción, sino una
advertencia metodológica: la efectividad cambia según escala, historia de uso del suelo,
grupo biológico evaluado y métrica utilizada (Crouzeilles et al., 2017; Díaz-García et al.,
2020).
La evaluación nacional de proyectos en México muestra con claridad que los resultados
pueden ser prometedores, aunque todavía insuficientes para hablar de recuperación
integral. Méndez-Toribio et al. (2021) analizaron 75 proyectos y encontraron que, en
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ecosistemas terrestres, las intervenciones recurrieron principalmente a acciones de
mínima intervención en 97 % de los casos y de máxima intervención en 86 %, mientras
que en humedales fueron más frecuentes las estrategias intermedias, con 75 %, y
mínimas, con 63 %. Sin embargo, solo entre 33 % y 34 % de los proyectos alcanzaron
alta recuperación de biodiversidad, definida como superior al 75 %, y entre 69 % y 71 %
recuperaron menos del 50 % de los servicios ecosistémicos. Estos datos evidencian que
la ejecución de acciones restaurativas no garantiza, por misma, una recuperación
ecológica profunda (Méndez-Toribio et al., 2021).
Las limitaciones más persistentes se relacionan con monitoreos breves, ausencia de
líneas base, escasa comparación con ecosistemas de referencia, dependencia de
indicadores simples, falta de financiamiento plurianual y débil integración de variables
socioeconómicas. Cole et al. (2024) documentaron que los costos de establecimiento
de áreas plantadas variaron ampliamente, con un promedio de US$4.445 por hectárea
± US$4.841 durante los primeros tres años, y que se requería apoyo financiero adicional
de aproximadamente US$964 por hectárea al o durante cerca de una década
posterior al establecimiento. Además, el monitoreo añadió costos sustanciales y con
frecuencia no se alineó con los objetivos de biodiversidad. Este hallazgo es decisivo
porque muchas restauraciones fracasan no por falta de intención ecológica, sino por
ciclos de financiamiento demasiado cortos para procesos que demandan continuidad
técnica e institucional (Cole et al., 2024).
La dimensión social aparece como otra restricción crítica, especialmente en territorios
donde la restauración se implementa sobre paisajes habitados y productivos. Méndez-
Toribio et al. (2021) encontraron que solo 38 % de los proyectos evaluados recurrió al
aprendizaje colectivo como fuente de conocimiento para generar técnicas, pese a que
la participación local es crucial para controlar disturbios, mantener acuerdos de uso,
reducir incendios, sostener viveros, seleccionar especies culturalmente pertinentes y
evitar que las áreas restauradas sean nuevamente degradadas. Esta evidencia coincide
con la propuesta de Meli et al. (2017), quienes plantean que la restauración
latinoamericana debe incorporar biodiversidad y servicios ecosistémicos, trabajar en
paisajes modificados por humanos, considerar balances costo-beneficio y fortalecer
marcos de comunicación horizontal. Sin esa arquitectura social, la efectividad ecológica
puede quedar expuesta a reversión, abandono o conflictividad territorial (Méndez-
Toribio et al., 2021; Meli et al., 2017).
El análisis conjunto permite sostener que la restauración ecológica en ecosistemas
degradados de América Latina es efectiva cuando se ajusta a la trayectoria del sitio,
reconoce los límites de la regeneración espontánea, usa intervenciones activas donde
las barreras son fuertes, incorpora indicadores ecológicos y sociales, y dispone de
monitoreo suficientemente prolongado. Su principal debilidad no radica en la ausencia
de enfoques, sino en la fragmentación entre lo que se promete, lo que se mide y lo que
se financia. Por ello, la restauración más sólida no es aquella que reporta más hectáreas
intervenidas, sino la que demuestra recuperación verificable de estructura, composición,
función, servicios ecosistémicos y gobernanza. En este sentido, la originalidad del
análisis consiste en desplazar la discusión desde la restauración como actividad hacia
la restauración como evidencia de recuperación sostenida, comparable y socialmente
viable (Mazón et al., 2019; Cole et al., 2024; Gann et al., 2019).
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4. Discusión
La discusión de los hallazgos permite sostener que la restauración ecológica en
ecosistemas degradados de América Latina no puede evaluarse como una intervención
lineal ni como una práctica equivalente a la revegetación. Su efectividad se configura
como una trayectoria ecológica y socioinstitucional en la que convergen recuperación
de biodiversidad, funcionalidad ecosistémica, permanencia del carbono, resiliencia
frente al cambio climático y legitimidad territorial. En este sentido, los resultados
revisados coinciden con los principios internacionales de restauración, que insisten en
reparar el daño ecológico mediante conocimiento científico, saber local, participación
social y monitoreo verificable, y también con la evidencia metaanalítica que muestra
mejoras promedio en biodiversidad y servicios ecosistémicos, aunque sin alcanzar
necesariamente los valores de ecosistemas intactos de referencia (Gann et al., 2019;
Rey Benayas et al., 2009).
Los enfoques predominantes identificados revelan una tensión productiva entre
restauración pasiva, regeneración natural asistida, plantaciones activas, restauración
forestal de paisajes y estrategias híbridas. Esta diversidad no debe interpretarse como
dispersión metodológica, sino como respuesta adaptativa a la heterogeneidad biofísica,
económica e institucional de la región. Romijn et al. (2019) muestran que, en 154
proyectos de América Latina y el Caribe, los objetivos más reiterados fueron aumentar
cobertura vegetal, recuperar biodiversidad y restablecer procesos ecológicos, mientras
que las actividades variaron según fuente de financiamiento, escala y ecosistema; por
su parte, Meli et al. (2017) plantean que la restauración latinoamericana requiere integrar
biodiversidad, servicios ecosistémicos, paisajes humanizados, análisis costo-beneficio
y comunicación horizontal entre actores.
La comparación entre restauración activa y pasiva exige una lectura contextualizada,
porque ninguna de las dos constituye una solución universal. La regeneración natural
puede ser altamente eficiente cuando existen fuentes de propágulos, conectividad, baja
presión de disturbio y condiciones edáficas favorables; sin embargo, la restauración
activa resulta indispensable cuando la degradación ha erosionado la capacidad
sucesional del ecosistema. Cole et al. (2024) encontraron que la plantación activa
continúa siendo la intervención más extendida en América Latina, presente en más del
92 % de los programas analizados, aunque las estrategias de baja intensidad, como la
regeneración natural, aparecen con mayor frecuencia en proyectos de gran escala. Esta
evidencia dialoga con estudios faunísticos en bosques mesófilos mexicanos, donde la
restauración activa y pasiva alcanzaron respuestas comparables en algunos grupos,
pero la activa favoreció con mayor claridad la recuperación de especies especialistas
(Cole et al., 2024; Díaz-García et al., 2020).
Uno de los hallazgos más relevantes de la revisión es la persistente asimetría entre los
objetivos declarados de restauración y los indicadores utilizados para demostrar su
cumplimiento. La literatura regional sigue privilegiando variables estructurales y
composicionales cobertura vegetal, riqueza de especies, supervivencia, densidad,
biomasa o estructura del dosel, mientras que los indicadores funcionales,
socioeconómicos y de gobernanza permanecen subrepresentados. Mazón et al. (2019)
documentaron que, en 91 artículos sobre monitoreo de restauración en América Latina
y el Caribe, 84 evaluaron indicadores ecológicos y solo 7 incorporaron mediciones
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socioeconómicas; ello confirma que la restauración se mide todavía con una matriz
predominantemente biofísica, insuficiente para explicar permanencia, apropiación local
y sostenibilidad institucional (Mazón et al., 2019; Ruiz-Jaen & Aide, 2005; Wortley et al.,
2013).
La efectividad observada puede calificarse como positiva, pero parcial y ecológicamente
condicionada. El metaanálisis de Rey Benayas et al. (2009) mostró que la restauración
incrementó, en promedio, 44 % la biodiversidad y 25 % los servicios ecosistémicos
respecto de áreas degradadas, aunque ambos atributos se mantuvieron por debajo de
ecosistemas intactos; de forma complementaria, Chazdon et al. (2016) estimaron que
los bosques secundarios de tierras bajas en los trópicos latinoamericanos poseen un
alto potencial de acumulación de carbono durante cuatro décadas. Estos resultados son
relevantes porque confirman que la restauración puede producir beneficios medibles,
pero también advierten que restaurar no equivale a reemplazar la conservación de
ecosistemas remanentes ni a compensar automáticamente pérdidas irreversibles de
biodiversidad (Chazdon et al., 2016; Rey Benayas et al., 2009).
Las limitaciones encontradas no se reducen a obstáculos técnicos, sino que expresan
una brecha estructural entre la temporalidad ecológica de la restauración y la
temporalidad administrativa de los proyectos. Méndez-Toribio et al. (2021), al evaluar
75 proyectos en México, reportaron que solo entre 33 % y 34 % alcanzaron alta
recuperación de biodiversidad y que entre 69 % y 71 % recuperaron menos del 50 % de
los servicios ecológicos; además, el aprendizaje colectivo y la incorporación de
comunidades locales fueron insuficientes. Cole et al. (2024) añaden que los costos de
establecimiento de áreas plantadas presentan alta variabilidad y que el monitoreo suele
añadir costos sustanciales, con una frecuente desalineación entre indicadores medidos
y objetivos de biodiversidad. En conjunto, estos hallazgos sugieren que muchas
restauraciones fracasan menos por ausencia de técnicas que por financiamiento
discontinuo, monitoreo débil y escasa gobernanza territorial (Cole et al., 2024; Méndez-
Toribio et al., 2021).
La discusión metodológica también es decisiva, porque el carácter exploratorio y
bibliográfico del artículo permite reconocer patrones amplios, pero no autoriza
inferencias causales homogéneas entre enfoques y resultados. La heterogeneidad de
ecosistemas, escalas, periodos de monitoreo, métricas y diseños de evaluación impide
afirmar que un enfoque sea sistemáticamente superior en todos los contextos. En
cambio, la evidencia permite sostener que la efectividad aumenta cuando los
indicadores se alinean con objetivos explícitos, cuando existen líneas de base o
ecosistemas de referencia, cuando el monitoreo incorpora horizontes temporales
realistas y cuando las comunidades participan desde la planificación hasta la evaluación.
De Oliveira et al. (2021) refuerzan esta lectura al mostrar que los indicadores sociales
son relevantes desde los primeros años, mientras que los servicios ecosistémicos
adquieren mayor pertinencia en etapas más prolongadas de la trayectoria restaurativa
(de Oliveira et al., 2021; Gann et al., 2019).
Desde el punto de vista teórico, la principal contribución de la revisión consiste en
desplazar el análisis desde la restauración como intervención hacia la restauración
como evidencia de recuperación verificable. Esta distinción es crucial en América Latina,
donde los compromisos de restauración a gran escala pueden privilegiar métricas de
superficie intervenida por encima de indicadores de calidad ecológica, funcionalidad y
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justicia socioambiental. La restauración efectiva no debería definirse por el número de
hectáreas reportadas, sino por la capacidad de restablecer trayectorias ecológicas,
reducir presiones persistentes, recuperar procesos funcionales, sostener beneficios
locales y generar aprendizajes transferibles entre ecosistemas. En consecuencia, el
campo requiere avanzar hacia marcos de evaluación integrados, comparables y
sensibles al contexto, capaces de articular monitoreo ecológico, análisis económico,
gobernanza y conocimiento local (Mazón et al., 2019; Meli et al., 2017; Romijn et al.,
2019).
En términos prácticos, los resultados discutidos indican que la restauración ecológica
latinoamericana debe evitar dos reduccionismos: el tecnocrático, que confía en
soluciones estandarizadas sin atender la historia socioecológica del sitio, y el
declarativo, que equipara compromisos políticos con recuperación real. Las
intervenciones más robustas serán aquellas que combinen diagnóstico ecológico,
selección estratégica de enfoques, indicadores multidimensionales, financiamiento de
largo plazo y participación social sustantiva. Así, la originalidad del análisis radica en
mostrar que la efectividad no reside en elegir entre restauración activa o pasiva, sino en
construir una correspondencia rigurosa entre daño, enfoque, indicador y evidencia. Esta
perspectiva fortalece el valor académico y aplicado del estudio, porque permite orientar
futuras investigaciones y decisiones institucionales hacia restauraciones
ecológicamente consistentes, socialmente legítimas y metodológicamente
demostrables (Cole et al., 2024; Méndez-Toribio et al., 2021; Wortley et al., 2013).
5. Conclusiones
La revisión permitió establecer que la restauración ecológica de ecosistemas
degradados en América Latina constituye una estrategia indispensable, pero todavía
insuficientemente consolidada, para enfrentar la pérdida de biodiversidad, la reducción
de servicios ecosistémicos y la vulnerabilidad climática regional. Su efectividad no puede
valorarse únicamente por el aumento de cobertura vegetal o por el número de hectáreas
intervenidas, sino por la recuperación progresiva de estructura, composición,
funcionalidad ecológica, resiliencia y beneficios sociales asociados a los territorios
restaurados.
Los enfoques predominantes evidencian una transición desde intervenciones centradas
en plantaciones y revegetación hacia estrategias más integrales, como la regeneración
natural, la regeneración asistida, la restauración activa, la restauración forestal de
paisajes y los modelos híbridos adaptados a contextos socioecológicos diversos. Esta
variedad confirma que no existe un enfoque universalmente superior, ya que la
pertinencia de cada estrategia depende del grado de degradación, la conectividad del
paisaje, la disponibilidad de propágulos, la presión antrópica y la capacidad institucional
para sostener el proceso en el tiempo.
Los indicadores utilizados para evaluar la restauración muestran avances importantes,
pero también una limitación metodológica persistente: la mayoría de los estudios
continúa privilegiando variables biofísicas de corto plazo, como riqueza de especies,
cobertura vegetal, supervivencia, biomasa y estructura del dosel. Aunque estos
indicadores son necesarios, resultan insuficientes para demostrar restauración efectiva
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si no se integran métricas funcionales, socioeconómicas y de gobernanza, tales como
recuperación hídrica, captura de carbono, conectividad, participación comunitaria,
costos, beneficios locales y permanencia institucional.
En términos de efectividad, la evidencia revisada permite concluir que la restauración
ecológica genera mejoras verificables frente a ecosistemas degradados, especialmente
en biodiversidad, estructura vegetal, acumulación de biomasa y provisión de algunos
servicios ecosistémicos. Sin embargo, estos resultados suelen ser parciales y no
siempre alcanzan las condiciones de los ecosistemas de referencia, lo que demuestra
que la restauración no sustituye la conservación de ecosistemas remanentes ni
compensa automáticamente daños ecológicos severos o irreversibles.
Las principales limitaciones identificadas se relacionan con monitoreos de corta
duración, ausencia de líneas base, escasa comparación con ecosistemas de referencia,
financiamiento discontinuo, baja integración de comunidades locales y débil
correspondencia entre objetivos declarados e indicadores aplicados. En consecuencia,
la restauración ecológica en América Latina requiere pasar de una lógica de
cumplimiento por superficie intervenida a una lógica de evidencia, en la que cada
proyecto demuestre resultados ecológicos, funcionales y sociales mediante indicadores
claros, comparables y sostenidos en el tiempo.
Finalmente, el aporte central del análisis radica en mostrar que la restauración ecológica
efectiva exige coherencia entre diagnóstico, enfoque, indicadores y monitoreo. Para
fortalecer su impacto académico y práctico, las futuras investigaciones deben priorizar
evaluaciones longitudinales, incorporar variables socioeconómicas, comparar enfoques
bajo condiciones ecológicas equivalentes y construir marcos de seguimiento que
permitan distinguir entre revegetación, rehabilitación parcial y restauración ecológica
integral. De este modo, la restauración podrá consolidarse como una herramienta
científica, política y territorial capaz de contribuir a la recuperación de ecosistemas
degradados y a la sostenibilidad socioambiental de América Latina.
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