Revista de Investigación y Liderazgo Vol. 03 (Num. 02)(Abril Junio 2026) ISSN XXXX-XXXX
Rutas interdisciplinarias del conocimiento actual
Recibido: 27/03/2026 Aceptado: 18/04/2026 Publicado: 12/05/2026
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DOI: https://doi.org/10.63618/omd/revinvlid/v3/n2/3
Restauración forestal y resiliencia climática en
ecosistemas degradados
Forest restoration and climate resilience in degraded ecosystems
Salvatierra-Pilozo, Darwin Marcos
1
1
Universidad Estatal del Sur de Mana; Ecuador; https://orcid.org/0000-0002-2659-4471;
darwin.salvatierra@unesum.edu.ec
Cita: Salvatierra-Pilozo, D. M. (2026). Restauración forestal y resiliencia climática en
ecosistemas degradados. Revista De Investigación Y Liderazgo, 3(2), 34-
49. https://doi.org/10.63618/omd/revinvlid/v3/n2/3
Resumen
La degradación forestal en América Latina incrementa la vulnerabilidad de los ecosistemas frente
al cambio climático, al afectar la biodiversidad, el carbono, la regulación hídrica, la fertilidad del
suelo y la estabilidad socioambiental de los territorios. El objetivo del estudio fue analizar la
relación entre restauración forestal y resiliencia climática en ecosistemas degradados,
considerando dimensiones ecológicas, climáticas, socioeconómicas e institucionales. La
metodología se desarrolló mediante una revisión bibliográfica exploratoria, documental, no
experimental y transversal, basada en publicaciones científicas, informes técnicos y documentos
académicos publicados entre 2014 y 2026, organizados mediante una matriz analítica y
sintetizados de forma narrativa y comparativa. Los resultados evidencian que la restauración
forestal favorece la recuperación de funciones ecológicas, la captura de carbono, la conservación
de biodiversidad, la regulación hídrica y la conectividad del paisaje; además, la regeneración
natural puede ser más eficiente en contextos con condiciones sucesionales favorables. La
discusión sostiene que la restauración no debe limitarse a plantar árboles, sino integrarse con
gobernanza, participación comunitaria, monitoreo y justicia territorial. Se concluye que la
restauración forestal constituye una infraestructura ecológica y social clave para fortalecer la
resiliencia climática en ecosistemas degradados.
Palabras clave: restauración forestal; resiliencia climática; ecosistemas degradados;
regeneración natural; gobernanza ambiental.
Abstract
Forest degradation in Latin America increases ecosystem vulnerability to climate change by
affecting biodiversity, carbon storage, water regulation, soil fertility, and the socio-environmental
stability of territories. The objective of this study was to analyze the relationship between forest
restoration and climate resilience in degraded ecosystems, considering ecological, climatic,
socioeconomic, and institutional dimensions. The methodology consisted of an exploratory,
documentary, non-experimental, and cross-sectional literature review based on scientific
publications, technical reports, and academic documents published between 2014 and 2026,
organized through an analytical matrix and synthesized narratively and comparatively. The results
show that forest restoration supports the recovery of ecological functions, carbon sequestration,
biodiversity conservation, water regulation, and landscape connectivity; furthermore, natural
regeneration may be more efficient in contexts with favorable successional conditions. The
discussion argues that restoration should not be limited to tree planting, but should be integrated
with governance, community participation, monitoring, and territorial justice. It is concluded that
forest restoration constitutes a key ecological and social infrastructure for strengthening climate
resilience in degraded ecosystems.
Keywords: forest restoration; climate resilience; degraded ecosystems; natural regeneration;
environmental governance.
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1. Introducción
América Latina constituye un laboratorio socioecológico decisivo para estudiar la
restauración forestal bajo cambio climático, no solo por la extensión de sus bosques,
sino por la velocidad con que se transforman sus ecosistemas degradados. La región
alberga cerca del 23 % de los bosques del mundo y mantiene alrededor de 940 millones
de hectáreas forestales, aunque el área forestal regional representa ya cerca del 46,3
% de la superficie terrestre, con trayectorias contrastantes entre Amazonía, bosques
secos, bosques andinos, Mata Atlántica y paisajes agroforestales (FAO, 2020; Banco
Mundial, 2024). Esta unidad de análisis los ecosistemas forestales degradadosse
ubica en el centro de una tensión estructural: conservar funciones ecológicas críticas
mientras aumenta la exposición a sequías, incendios, cambios en la precipitación y
eventos extremos (IPCC, 2022). La restauración forestal, por tanto, no puede
entenderse como una acción ornamental de siembra de árboles, sino como una
estrategia de recuperación funcional orientada a fortalecer la resiliencia climática de
paisajes que sostienen agua, biodiversidad, medios de vida y estabilidad territorial (Holl
& Brancalion, 2020).
La degradación forestal latinoamericana responde a una combinación persistente de
expansión agropecuaria, ganadería extensiva, incendios, extracción maderera, minería,
infraestructura vial y debilidades institucionales en el ordenamiento del territorio. Sus
efectos no se limitan a la pérdida de cobertura arbórea: reducen la infiltración hídrica,
aceleran la erosión, fragmentan hábitats, disminuyen la fertilidad de los suelos y
amplifican la vulnerabilidad de poblaciones rurales e indígenas frente a sequías,
inundaciones y pérdidas productivas (IPBES, 2018; IPCC, 2022). El problema adquiere
dimensión económica porque la agricultura y la silvicultura aportaron alrededor del 5 %
del PIB regional en 2012, superaron los USD 300.000 millones en producción agrícola
y representaron cerca del 23 % de las exportaciones regionales, de modo que la
degradación compromete tanto servicios ecosistémicos como seguridad alimentaria y
competitividad rural (Vergara et al., 2016). A escala global, la degradación de tierras
afecta el bienestar de al menos 3.200 millones de personas y genera pérdidas
superiores al 10 % del PIB mundial por servicios ecosistémicos deteriorados, lo que
evidencia el costo de postergar la restauración (IPBES, 2018).
La literatura reciente muestra que la restauración forestal puede producir beneficios
climáticos y ecológicos sustantivos cuando se diseña según condiciones biofísicas,
historia de uso del suelo y conectividad del paisaje. Un metaanálisis global encontró que
la restauración incrementa la biodiversidad entre 15 % y 84 % y la estructura de la
vegetación entre 36 % y 77 % frente a ecosistemas degradados, mientras que los
bosques secundarios neotropicales pueden recuperar, en promedio, 122 Mg ha
¹ de
biomasa aérea después de 20 años, con una absorción neta aproximada de 3,05 Mg C
ha
¹ año
¹ (Crouzeilles et al., 2016; Poorter et al., 2016). Asimismo, las soluciones
climáticas naturales podrían aportar hasta el 37 % de la mitigación costo-efectiva
necesaria hacia 2030 para mantener una probabilidad mayor al 66 % de limitar el
calentamiento por debajo de 2 °C, aunque tal potencial depende de salvaguardas sobre
biodiversidad, seguridad alimentaria y derechos territoriales (Griscom et al., 2017). Esta
evidencia sostiene la relevancia científica de analizar la restauración forestal como una
vía de resiliencia climática, pero también advierte que sus resultados no son automáticos
ni homogéneos (Holl & Brancalion, 2020).
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La discusión académica mantiene brechas importantes que justifican una investigación
específica en ecosistemas forestales degradados de América Latina. Aunque la
regeneración natural puede superar a la restauración activa en varios indicadores con
éxitos de biodiversidad entre 34 % y 56 % superiores y mejoras de estructura vegetal
entre 19 % y 56 % bajo ciertos controles ecológicos, otros estudios muestran que la
composición florística de los bosques secundarios puede tardar siglos en aproximarse
a bosques maduros, con apenas 34 % de recuperación composicional después de 20
años (Crouzeilles et al., 2017; Rozendaal et al., 2019). Esta aparente tensión revela que
medir solo cobertura, carbono o número de árboles simplifica procesos más complejos
de resiliencia, como diversidad funcional, conectividad, estabilidad hídrica, gobernanza
local y capacidad de respuesta frente a eventos extremos. Además, gran parte de la
evidencia compara métodos de restauración sin integrar suficientemente variables
institucionales, costos, participación comunitaria y escenarios climáticos, lo que limita la
utilidad de los hallazgos para decisiones públicas y privadas en territorios con alta
presión productiva (Brancalion et al., 2019; Romijn et al., 2019).
La conveniencia de este estudio se refuerza por la escala de las metas regionales y por
la necesidad de traducir compromisos internacionales en decisiones territoriales
verificables. La Iniciativa 20x20 busca proteger y restaurar alrededor de 50 millones de
hectáreas de bosques, fincas, pastizales y otros paisajes hacia 2030, mientras
estimaciones regionales señalan aproximadamente 300 millones de hectáreas de
bosques degradados y 350 millones de hectáreas deforestadas en América Latina y el
Caribe (Initiative 20x20, 2024; Vergara et al., 2016). Desde una perspectiva financiera,
restaurar 20 millones de hectáreas de ecosistemas degradados en la región podría
generar beneficios valorados en cerca de USD 23.000 millones durante 50 años, lo que
convierte la restauración en una inversión climática, productiva y social más que en un
gasto ambiental aislado (Vergara et al., 2016). La viabilidad metodológica es razonable
porque existen bases de datos forestales, imágenes satelitales, inventarios nacionales,
registros climáticos y marcos de monitoreo que permiten estudiar la restauración sin
intervenir de forma riesgosa sobre comunidades o ecosistemas, siempre que se
resguarden principios de consentimiento, transparencia y no afectación territorial (FAO,
2022; IPCC, 2022).
Con base en ese vacío, el propósito del artículo es analizar cómo la restauración forestal
se relaciona con la resiliencia climática en ecosistemas degradados de América Latina,
considerando dimensiones ecológicas, climáticas, socioeconómicas e institucionales.
De manera articulada, el estudio se propone determinar los principales factores de
degradación que condicionan la recuperación forestal; comparar los aportes de la
restauración activa, la regeneración natural asistida y la regeneración pasiva; estimar
beneficios asociados al carbono, biodiversidad, regulación hídrica y valor económico; y
relacionar la gobernanza, la participación local y el monitoreo con la sostenibilidad de
los resultados restaurativos (Crouzeilles et al., 2016; Brancalion et al., 2019; Holl &
Brancalion, 2020). Esta formulación permite superar una aproximación centrada
exclusivamente en la cobertura arbórea, porque incorpora indicadores de función
ecosistémica y capacidad adaptativa ante estrés climático. Además, al delimitar el
análisis en ecosistemas forestales degradados, el estudio evita generalizaciones
amplias sobre “naturaleza” y concentra la explicación en unidades territoriales donde las
decisiones de restauración tienen efectos mensurables y políticamente relevantes
(IPCC, 2022).
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La contribución esperada radica en construir una lectura integrada de la restauración
forestal como infraestructura ecológica para la resiliencia climática, conectando
evidencia biofísica, retornos económicos y condiciones de gobernanza en una región
donde las metas de restauración avanzan más rápido que la evaluación crítica de sus
resultados. Su originalidad consiste en desplazar el énfasis desde la restauración
entendida como incremento de árboles hacia la restauración como recuperación de
funciones, reducción de vulnerabilidades y fortalecimiento de capacidades territoriales
frente al cambio climático (Holl & Brancalion, 2020; IPCC, 2022). Al enlazar brechas
metodológicas indicadores parciales, escasa comparación entre enfoques y limitada
incorporación de variables institucionalescon necesidades prácticas de planificación,
el trabajo puede aportar criterios para priorizar áreas, seleccionar estrategias y
monitorear beneficios de largo plazo. En suma, estudiar la restauración forestal en
ecosistemas degradados latinoamericanos ofrece una vía pertinente para articular
ciencia, política pública e inversión climática con una agenda de resiliencia social y
ecológica verificable (Brancalion et al., 2019; Initiative 20x20, 2024).
2. Materiales y Métodos
La metodología se estructuró como una revisión bibliográfica exploratoria, de carácter
documental, no experimental y transversal, orientada a mapear el estado del
conocimiento sobre la relación entre restauración forestal y resiliencia climática en
ecosistemas degradados de América Latina. Esta elección resulta pertinente porque el
propósito no fue comprobar hipótesis causales ni estimar efectos agregados mediante
metaanálisis, sino reconocer tendencias, vacíos, enfoques dominantes y relaciones
conceptuales presentes en la literatura científica disponible. En consecuencia, el
abordaje combinó razonamiento analítico y sintético: primero se desagregaron las
dimensiones ecológicas, climáticas, socioeconómicas e institucionales del fenómeno, y
luego se integraron en una lectura interpretativa de conjunto. La revisión se asumió
como exploratoria porque el campo presenta alta heterogeneidad en escalas,
indicadores, métodos de restauración y formas de medición de la resiliencia climática.
El corpus documental se delimitó a publicaciones científicas, informes técnicos
institucionales y documentos académicos vinculados con restauración forestal,
restauración ecológica, regeneración natural, resiliencia climática, adaptación,
mitigación y servicios ecosistémicos en ecosistemas forestales degradados. La unidad
de análisis estuvo constituida por documentos publicados entre 2014 y 2026, en
español, inglés o portugués, referidos total o parcialmente a América Latina o a
ecosistemas tropicales comparables cuando ofrecían evidencia metodológica
transferible. Este procedimiento permitió equilibrar evidencia empírica revisada por
pares con documentos estratégicos de planificación climática y forestal.
La estrategia de búsqueda se organizó mediante combinaciones booleanas en español,
inglés y portugués, usando términos como “restauración forestal”, “restauración
ecológica”, “regeneración natural asistida”, “ecosistemas degradados”, “resiliencia
climática”, “adaptación climática”, “carbono forestal”, “biodiversidad”, “servicios
ecosistémicos” y “América Latina”. En inglés se emplearon expresiones equivalentes
como “forest restoration”, “ecological restoration”, “assisted natural regeneration”,
“degraded forests”, “climate resilience”, “climate adaptation” y “ecosystem services”,
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conectadas con operadores AND y OR para ampliar o restringir los resultados según la
fase de búsqueda. La selección siguió una secuencia de identificación, depuración de
duplicados, lectura de títulos y resúmenes, revisión de texto completo y decisión final de
elegibilidad. Aunque no se trató de una revisión sistemática estricta, se adoptaron
criterios de transparencia inspirados en guías de reporte para revisiones, con el fin de
hacer trazable el proceso de búsqueda y selección.
Se incluyeron documentos que abordaran de manera explícita al menos una relación
entre restauración forestal y resiliencia climática, ya fuera mediante indicadores de
carbono, biodiversidad, suelo, agua, conectividad ecológica, reducción de
vulnerabilidad, gobernanza territorial, participación comunitaria o beneficios
socioeconómicos. Se excluyeron textos centrados únicamente en arborización urbana
ornamental, plantaciones comerciales sin finalidad restaurativa, opiniones sin respaldo
metodológico, resúmenes de congresos sin desarrollo analítico, documentos duplicados
y trabajos sin acceso suficiente a sus procedimientos o hallazgos principales. En los
casos de literatura gris, la inclusión se restringió a organismos reconocidos y
documentos con trazabilidad institucional, evitando usar materiales promocionales o no
verificables como evidencia central. Esta delimitación buscó reducir sesgos de selección
y asegurar que el análisis respondiera al problema de investigación, sin diluir el objeto
de estudio en categorías generales de conservación o manejo forestal.
La información extraída de cada documento se organizó en una matriz analítica con
campos relativos a autoría, año, país o región, tipo de ecosistema, método de
restauración, escala espacial, diseño del estudio, indicadores climáticos, indicadores
ecológicos, variables socioeconómicas, elementos de gobernanza, principales
resultados, limitaciones declaradas y aportes para la toma de decisiones.
Posteriormente, los documentos se agruparon por ejes temáticos: restauración activa,
regeneración natural, restauración asistida, captura de carbono, biodiversidad, servicios
hídricos, participación local, financiamiento y monitoreo. La síntesis se realizó de forma
narrativa y comparativa, dado que la heterogeneidad de enfoques, métricas y contextos
impedía combinar estadísticamente los resultados sin perder validez interpretativa. Este
procedimiento permitió identificar patrones convergentes, tensiones entre estudios y
vacíos metodológicos útiles para orientar investigaciones posteriores.
Para fortalecer la consistencia del análisis, cada documento fue valorado según criterios
de pertinencia temática, claridad metodológica, delimitación espacial, coherencia entre
objetivos e indicadores, actualidad de la evidencia y utilidad para comprender la
resiliencia climática en ecosistemas degradados. Los estudios empíricos tuvieron mayor
peso cuando presentaban datos verificables sobre recuperación ecológica, captura de
carbono, biodiversidad, servicios ecosistémicos o efectos socioinstitucionales, mientras
que los documentos teóricos se usaron para precisar conceptos y enfoques
interpretativos. La revisión reconoció como limitaciones potenciales el sesgo de
publicación, la desigual cobertura geográfica de la literatura, la concentración de
estudios en ciertos biomas y la variabilidad conceptual del término resiliencia. Para
mitigar estas restricciones, se contrastaron fuentes de distinta procedencia disciplinar y
se evitó derivar conclusiones generales a partir de evidencias aisladas o
contextualmente restringidas.
El estudio no implicó intervención directa sobre personas, comunidades ni ecosistemas,
por lo que no requirió procedimientos de consentimiento informado ni manejo de datos
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personales. No obstante, se mantuvieron criterios éticos de integridad académica
mediante el registro ordenado de fuentes, el respeto a la autoría intelectual, la exclusión
de afirmaciones no verificables y la diferenciación entre evidencia empírica,
interpretación analítica y proyección teórica. La viabilidad del diseño se sustentó en la
disponibilidad de bases bibliográficas, repositorios científicos y documentos
institucionales accesibles, así como en la posibilidad de reproducir la búsqueda
mediante palabras clave, criterios de inclusión y matriz de extracción. De este modo, la
metodología ofreció una ruta flexible pero rigurosa para explorar un campo complejo,
identificar brechas y fundamentar una discusión académica sobre restauración forestal
y resiliencia climática en América Latina.
3. Resultados
3.1. Evidencia bibliográfica sobre la contribución de la restauración forestal a la
resiliencia climática en ecosistemas degradados
La evidencia bibliográfica permite sostener que la restauración forestal contribuye a la
resiliencia climática cuando se concibe como un proceso de recuperación ecológica,
social e institucional, y no como una intervención reducida a plantar árboles o aumentar
cobertura vegetal. En ecosistemas degradados, la resiliencia climática se expresa en la
capacidad del paisaje para recuperar funciones, absorber perturbaciones, mantener
servicios ecosistémicos y reorganizarse frente a sequías, incendios, variabilidad hídrica
y presión antrópica persistente. Desde esta perspectiva, la restauración forestal
adquiere valor estratégico porque articula biodiversidad, carbono, suelo, agua y
gobernanza territorial en una misma matriz de intervención, aunque sus resultados
dependen de la historia de uso del suelo, la conectividad, la composición de especies y
la permanencia de los arreglos sociales que sostienen el proceso restaurativo (Gann et
al., 2019; Holl & Brancalion, 2020).
3.1.1. Recuperación de funciones ecológicas
La recuperación de funciones ecológicas constituye el núcleo más visible de la
restauración forestal, pero también uno de los aspectos más complejos de evaluar. La
literatura muestra que restaurar no equivale simplemente a recomponer una apariencia
boscosa, sino a reactivar procesos de sucesión, ciclado de nutrientes, acumulación de
biomasa, dispersión de semillas, retención de humedad, regulación térmica y
reconstrucción de hábitats. En un metaanálisis global de 221 paisajes, Crouzeilles et al.
(2016) encontraron que la restauración forestal incrementó la biodiversidad entre 15 %
y 84 % y la estructura de la vegetación entre 36 % y 77 % frente a ecosistemas
degradados, lo que evidencia que la recuperación ecológica puede ser cuantificable,
aunque no necesariamente uniforme entre regiones, taxones y trayectorias
sucesionales (Crouzeilles et al., 2016).
La biomasa aérea aparece como un indicador especialmente relevante porque conecta
la recuperación estructural con el secuestro de carbono y la productividad del
ecosistema. En bosques secundarios neotropicales, Poorter et al. (2016) analizaron 45
sitios y cerca de 1.500 parcelas, y estimaron que la biomasa aérea puede alcanzar, en
promedio, 122 Mg ha
¹ después de 20 años de regeneración, con una absorción neta
aproximada de 3,05 Mg C ha
¹ año
¹. Este hallazgo es importante porque demuestra
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que los bosques en recuperación pueden funcionar como sumideros dinámicos de
carbono; sin embargo, también obliga a distinguir entre recuperación de biomasa y
recuperación integral del ecosistema, ya que un bosque puede acumular carbono con
relativa rapidez y, al mismo tiempo, conservar déficits en composición florística,
diversidad funcional o complejidad trófica (Poorter et al., 2016; Chazdon, 2014).
La recuperación ecológica, por tanto, debe evaluarse mediante una batería de
indicadores y no mediante una sola métrica. Rozendaal et al. (2019) demostraron que
los bosques secundarios neotropicales recuperan con rapidez la riqueza de especies
aproximadamente 80 % de los valores de bosques maduros después de 20 años,
pero la composición de especies avanza mucho más lentamente, con apenas 34 % de
recuperación en ese mismo periodo. Esta diferencia es crucial para interpretar los
resultados de restauración, porque un ecosistema puede parecer exitoso en términos
de número de especies y, sin embargo, seguir empobrecido en especies tardías, árboles
de semillas grandes, interacciones especializadas o atributos funcionales asociados a
estabilidad climática. En consecuencia, la resiliencia ecológica requiere observar no solo
“cuánto bosque” se recupera, sino “qué tipo de bosque” emerge y qué funciones logra
sostener (Rozendaal et al., 2019; Gann et al., 2019).
3.1.2. Aporte a la mitigación y adaptación climática
La contribución climática de la restauración forestal se sostiene en su doble capacidad
de mitigar emisiones y fortalecer la adaptación territorial. En términos de mitigación, los
ecosistemas restaurados capturan carbono en biomasa aérea, raíces y suelos, mientras
que la protección de bosques remanentes evita emisiones asociadas a deforestación y
degradación adicional. Griscom et al. (2017) estimaron que las soluciones climáticas
naturales podrían aportar hasta el 37 % de la mitigación costo-efectiva requerida hacia
2030 para mantener una probabilidad superior al 66 % de limitar el calentamiento global
por debajo de 2 °C, con un potencial costo-efectivo cercano a 11,3 PgCO
e año
¹. Esta
cifra sitúa la restauración forestal dentro de una agenda climática de alto impacto,
siempre que se combine con reducciones profundas de emisiones fósiles y con
salvaguardas para biodiversidad, agua, alimentos y derechos territoriales (Griscom et
al., 2017).
Figura 1
Alcance de la mitigación climática a través de la restauración forestal
Nota: (Autores, 2026)
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El aporte adaptativo de la restauración es igualmente relevante, aunque suele recibir
menos atención que el carbono. Los bosques restaurados pueden moderar
temperaturas locales, mejorar infiltración, reducir escorrentía, estabilizar laderas,
proteger nacientes, amortiguar inundaciones y mantener corredores ecológicos que
permiten desplazamientos altitudinales o latitudinales de especies frente al cambio
climático. Estos procesos no solo benefician a la biodiversidad, sino también a
comunidades rurales que dependen de agua, fertilidad del suelo, polinización, productos
forestales y estabilidad productiva. Por ello, la restauración forestal opera como
infraestructura ecológica de adaptación: disminuye vulnerabilidades biofísicas y, al
mismo tiempo, amplía opciones de respuesta social ante eventos extremos (Gann et al.,
2019; Di Sacco et al., 2021).
No obstante, la literatura es enfática en advertir que la restauración puede convertirse
en una falsa solución climática si se ejecuta bajo lógicas simplificadoras. Holl y
Brancalion (2020) cuestionan la idea de que plantar árboles sea una respuesta
automática al cambio climático, porque los beneficios dependen de proteger primero los
bosques existentes, seleccionar sitios adecuados, utilizar especies nativas, garantizar
mantenimiento, evitar monocultivos y asegurar permanencia a largo plazo. En la misma
nea, Di Sacco et al. (2021) proponen diez reglas para reforestaciones climáticamente
robustas, entre ellas maximizar biodiversidad, usar regeneración natural cuando sea
posible, seleccionar material vegetal resiliente y asegurar sostenibilidad económica. Así,
la restauración solo fortalece la resiliencia climática cuando integra carbono,
biodiversidad y bienestar local como objetivos inseparables, no cuando persigue
únicamente metas numéricas de árboles plantados (Holl & Brancalion, 2020; Di Sacco
et al., 2021).
3.1.3. Comparación entre restauración activa y regeneración natural
La comparación entre restauración activa y regeneración natural muestra que la
intensidad de intervención no siempre se traduce en mayor éxito ecológico. Crouzeilles
et al. (2017), a partir de un metaanálisis de 133 estudios en bosques tropicales,
concluyeron que la regeneración natural superó a la restauración activa en indicadores
de biodiversidad plantas, aves e invertebrados y estructura de vegetación
cobertura, densidad, hojarasca, biomasa y altura. Este resultado no implica que la
restauración activa sea innecesaria, sino que obliga a abandonar una premisa frecuente
en políticas ambientales: asumir que plantar más árboles equivale a restaurar mejor.
Cuando existen remanentes forestales cercanos, dispersores funcionales, bancos de
semillas y baja presión de disturbio, la regeneración natural puede ser más eficiente,
menos costosa y ecológicamente más congruente que la plantación intensiva
(Crouzeilles et al., 2017).
La regeneración natural posee ventajas ecológicas porque permite que el ecosistema
reorganice su trayectoria sucesional a partir de procesos locales, evitando la
homogeneización que puede producirse cuando se introducen pocas especies o
diseños rígidos de plantación. Chazdon (2014) sostiene que los bosques secundarios
no son “bosques de segunda categoría”, sino sistemas dinámicos con capacidad de
recuperar biodiversidad, biomasa y servicios ecosistémicos bajo condiciones
adecuadas. Esta lectura es especialmente pertinente para América Latina, donde
amplias superficies agropecuarias abandonadas, márgenes de ríos, laderas
erosionadas y mosaicos rurales conservan potencial de regeneración si se controlan
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incendios, pastoreo, compactación y extracción recurrente. En términos de resiliencia
climática, la regeneración natural puede producir ecosistemas más adaptados a las
condiciones locales, con mayor diversidad genética y mejor ajuste a gradientes edáficos
e hídricos (Chazdon, 2014; Poorter et al., 2016).
La restauración activa, sin embargo, conserva un papel decisivo cuando el ecosistema
ha perdido su capacidad de autorrecuperación. En paisajes altamente fragmentados,
suelos compactados, áreas invadidas por gramíneas exóticas, zonas con incendios
recurrentes o sitios alejados de fuentes de semillas, la sucesión espontánea puede ser
demasiado lenta o quedar bloqueada en estados degradados. En estos casos, la
plantación de especies nativas, el enriquecimiento, la nucleación, la exclusión de
ganado, el control de invasoras y la regeneración natural asistida funcionan como
mecanismos para remover barreras ecológicas. La conclusión más sólida de la literatura
no es escoger entre intervención activa o pasiva de forma abstracta, sino construir
diagnósticos sitio-específicos: permitir regeneración natural donde el ecosistema aún
conserva resiliencia interna, e intervenir activamente donde existen restricciones
comprobables para la recuperación (Crouzeilles et al., 2017; Gann et al., 2019; Di Sacco
et al., 2021).
3.1.4. Condiciones socioinstitucionales para la sostenibilidad
La sostenibilidad de la restauración forestal depende de condiciones socioinstitucionales
que suelen ser menos visibles que los indicadores ecológicos, pero que determinan la
permanencia de los resultados. La restauración fracasa cuando se diseña como un
proyecto técnico de corto plazo, desconectado de tenencia de la tierra, incentivos
económicos, derechos comunitarios, capacidades institucionales y conflictos por el uso
del suelo. En América Latina, Aguiar et al. (2021) identifican cuatro desafíos centrales
para vincular restauración del paisaje forestal y bienestar humano: alta dependencia
local y nacional de recursos naturales, conflictos por tenencia y acceso, divergencias de
valores y percepciones, y fragilidad de instituciones y políticas públicas. Estos factores
muestran que la restauración climáticamente resiliente no es solo un problema
ecológico, sino una negociación territorial sobre beneficios, costos, responsabilidades y
legitimidad (Aguiar et al., 2021).
La gobernanza multinivel se vuelve imprescindible porque los procesos ecológicos y las
decisiones institucionales operan en escalas distintas. Una cuenca, un corredor
biológico o un paisaje forestal no coinciden necesariamente con límites administrativos,
presupuestos municipales o competencias sectoriales; por ello, los proyectos de
restauración requieren coordinación entre gobiernos, comunidades, propietarios,
organizaciones científicas, agencias ambientales y actores productivos. Wiegant et al.
(2022), en una revisión sistemática sobre gobernanza sensible a la escala, muestran
que los arreglos más prometedores combinan coordinación multinivel, redes de actores,
organizaciones puente, aprendizaje social y mecanismos policéntricos. Esta evidencia
sugiere que la restauración contribuye más a la resiliencia climática cuando se
institucionaliza como proceso adaptativo, con monitoreo, retroalimentación y ajuste
continuo, y no como una intervención aislada dependiente de ciclos políticos o
financiamiento temporal (Wiegant et al., 2022).
La participación comunitaria no debe entenderse como un componente accesorio, sino
como una condición de efectividad. Fischer et al. (2023), con datos de 314 bosques
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comunales en 15 países tropicales de África, Asia y América Latina, analizaron
relaciones entre carbono en biomasa leñosa, riqueza de especies arbóreas y medios de
vida forestales, y encontraron que la gobernanza comunitaria puede generar sinergias
entre beneficios climáticos, biodiversidad y bienestar local. Este hallazgo es relevante
porque cuestiona la separación entre conservación y desarrollo: cuando las
comunidades participan en la definición de reglas, monitoreo y distribución de
beneficios, la restauración puede producir incentivos duraderos para proteger áreas
recuperadas, reducir presiones extractivas y sostener prácticas compatibles con la
resiliencia climática (Fischer et al., 2023; Aguiar et al., 2021).
En síntesis, la evidencia revisada permite afirmar que la restauración forestal contribuye
a la resiliencia climática solo cuando articula recuperación ecológica, mitigación,
adaptación, gobernanza y justicia territorial. Los datos disponibles son consistentes al
mostrar beneficios en biodiversidad, biomasa y carbono, pero también revelan una
advertencia metodológica: los resultados varían según el tipo de ecosistema, el nivel de
degradación, la estrategia de restauración, el horizonte temporal y la calidad
institucional. Por tanto, la originalidad de analizar este campo en ecosistemas
degradados radica en desplazar la evaluación desde indicadores parciales árboles
plantados, hectáreas intervenidas o toneladas de carbonohacia un marco integral de
resiliencia, donde el éxito se mide por la capacidad del paisaje para sostener funciones,
reducir vulnerabilidades y mantener beneficios ecológicos y sociales en el tiempo
(Crouzeilles et al., 2016; Rozendaal et al., 2019; Holl & Brancalion, 2020).
4. Discusión
La evidencia revisada permite sostener que la restauración forestal constituye una
estrategia sustantiva para fortalecer la resiliencia climática en ecosistemas degradados,
aunque su eficacia depende de la forma en que se conceptualice, implemente y evalúe.
Los hallazgos discutidos muestran que la restauración no debe reducirse a la
recuperación visual de cobertura arbórea, sino entenderse como un proceso ecológico
y socioinstitucional orientado a restablecer funciones, mejorar la capacidad adaptativa
del paisaje y sostener beneficios ambientales en el tiempo. Esta interpretación coincide
con los principios internacionales de restauración ecológica, que la definen como una
intervención destinada a asistir la recuperación de ecosistemas degradados, dañados o
destruidos, con efectos potenciales sobre biodiversidad, bienestar humano, seguridad
hídrica, mitigación y adaptación climática (Gann et al., 2019).
Uno de los aportes más consistentes de la literatura es que la restauración forestal
favorece la recuperación de funciones ecológicas medibles, especialmente
biodiversidad, estructura vegetal, biomasa, conectividad y procesos sucesionales. El
metaanálisis de Crouzeilles et al. (2016), basado en 221 paisajes, demuestra que la
restauración incrementa la biodiversidad entre 15 % y 84 % y la estructura de la
vegetación entre 36 % y 77 % frente a ecosistemas degradados, lo que confirma su
potencial para revertir parcialmente trayectorias de deterioro ecológico. Sin embargo,
este resultado también exige prudencia interpretativa: la recuperación no ocurre con
igual intensidad en todos los sitios, pues está condicionada por la degradación previa,
la matriz del paisaje, la proximidad a bosques remanentes, la disponibilidad de semillas
y la persistencia de presiones antrópicas (Crouzeilles et al., 2016).
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La discusión adquiere mayor complejidad cuando se distingue entre recuperación
estructural y recuperación composicional. En bosques secundarios neotropicales,
Poorter et al. (2016) muestran que la biomasa aérea puede recuperarse con notable
rapidez, lo que refuerza el papel de estos ecosistemas como sumideros dinámicos de
carbono y como componentes estratégicos de paisajes climáticamente resilientes. No
obstante, Rozendaal et al. (2019) advierten que la riqueza de especies puede
aproximarse con mayor velocidad a la de bosques maduros, mientras que la
composición florística requiere plazos más extensos para restablecer especies tardías,
interacciones ecológicas especializadas y atributos funcionales complejos. En
consecuencia, evaluar el éxito restaurativo únicamente mediante biomasa o cobertura
puede conducir a diagnósticos sobredimensionados, porque un bosque puede acumular
carbono sin haber recuperado plenamente su complejidad ecológica (Poorter et al.,
2016; Rozendaal et al., 2019).
Desde la perspectiva climática, la restauración forestal dialoga con una agenda de
mitigación y adaptación que no puede ser fragmentada. Griscom et al. (2017) estimaron
que las soluciones climáticas naturales pueden aportar hasta el 37 % de la mitigación
costo-efectiva requerida hacia 2030 para mantener una probabilidad superior al 66 %
de limitar el calentamiento global por debajo de 2 °C, lo que sitúa la restauración dentro
de un repertorio climático de alto valor estratégico. Sin embargo, su contribución no se
limita al secuestro de carbono: los bosques restaurados también regulan escorrentías,
estabilizan suelos, moderan microclimas, protegen cuencas y amplían corredores para
la movilidad de especies bajo escenarios de cambio climático. Así, la restauración
forestal opera como infraestructura ecológica de resiliencia, siempre que se articule con
reducciones efectivas de emisiones y con políticas territoriales de largo plazo (Griscom
et al., 2017; IPCC, 2022).
A pesar de ello, la literatura es enfática en cuestionar las narrativas simplificadoras que
presentan la plantación de árboles como una solución climática autosuficiente. Holl y
Brancalion (2020) advierten que los proyectos de plantación pueden fracasar cuando
desplazan acciones prioritarias, como proteger bosques existentes, reducir
deforestación, controlar emisiones o garantizar mantenimiento posterior a la siembra.
De forma complementaria, Di Sacco et al. (2021) proponen que una reforestación
climáticamente robusta debe proteger primero los bosques remanentes, trabajar con
actores locales, maximizar biodiversidad, seleccionar áreas apropiadas, emplear
regeneración natural cuando sea viable y asegurar sostenibilidad económica. Esta
convergencia revela que el valor climático de la restauración depende menos del
número de árboles plantados que de la calidad ecológica, social y temporal del proceso
restaurativo (Holl & Brancalion, 2020; Di Sacco et al., 2021).
La comparación entre restauración activa y regeneración natural introduce una
discusión particularmente relevante para América Latina, donde numerosos paisajes
degradados conservan remanentes forestales, bancos de semillas, dispersores y
condiciones sucesionales variables. Crouzeilles et al. (2017), en un metaanálisis de 133
estudios en bosques tropicales, encontraron que la regeneración natural puede superar
a la restauración activa en biodiversidad y estructura vegetal, especialmente cuando
persisten condiciones ecológicas favorables para la autorrecuperación. Este hallazgo no
invalida la restauración activa, pero cuestiona la hegemonía de enfoques basados
exclusivamente en plantaciones. La decisión metodológica más sólida consiste en
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diagnosticar barreras ecológicas: permitir regeneración natural donde el sistema
conserva resiliencia interna e intervenir activamente donde la compactación del suelo,
las invasoras, el aislamiento o la pérdida de dispersores bloquean la sucesión
(Crouzeilles et al., 2017; Chazdon, 2008).
La dimensión socioinstitucional emerge como un componente decisivo para explicar por
qué intervenciones ecológicamente plausibles pueden fracasar o sostenerse en el
tiempo. En América Latina, Aguiar et al. (2021) identifican desafíos estructurales para
vincular restauración del paisaje forestal y bienestar humano: dependencia de recursos
naturales, conflictos por tenencia y acceso a la tierra, divergencias de valores y fragilidad
de instituciones públicas. Estos elementos muestran que la restauración forestal no es
una operación puramente técnica, sino una práctica de gobernanza territorial que
redistribuye beneficios, responsabilidades y riesgos. Por ello, los proyectos que ignoran
actores locales, derechos territoriales o economías rurales tienden a producir
restauraciones frágiles, socialmente impugnables o reversibles ante cambios políticos y
productivos (Aguiar et al., 2021).
En esta misma línea, la gobernanza multinivel resulta indispensable porque los procesos
ecológicos de restauración no coinciden con los límites administrativos ni con los ciclos
presupuestarios de corto plazo. Wiegant et al. (2022), a partir de una revisión sistemática
de 84 casos, señalan que la restauración del paisaje forestal requiere arreglos sensibles
a la escala, capaces de generar ajuste entre dinámicas ecológicas y niveles de decisión.
A su vez, Fischer et al. (2023), con datos de 314 bosques comunales en 15 países
tropicales, evidencian que la gobernanza comunitaria puede generar sinergias entre
carbono, biodiversidad y medios de vida. Este punto es crucial para la resiliencia
climática: cuando las comunidades participan en reglas, monitoreo y distribución de
beneficios, la restauración deja de ser un proyecto externo y se transforma en una
estrategia territorial con mayor legitimidad y permanencia (Fischer et al., 2023; Wiegant
et al., 2022).
Los resultados discutidos también sugieren una tensión metodológica relevante para
futuros estudios: la restauración forestal suele evaluarse mediante indicadores
parciales, como hectáreas intervenidas, árboles plantados o toneladas de carbono
estimadas, mientras que la resiliencia climática exige métricas multidimensionales.
Brancalion et al. (2019) muestran que las oportunidades de restauración en paisajes
tropicales deben ponderar beneficios ambientales y factibilidad, lo que implica integrar
variables biofísicas, económicas, sociales e institucionales. Esta perspectiva es
especialmente pertinente para ecosistemas degradados latinoamericanos, donde la
restauración debe competir con usos agropecuarios, presiones extractivas y
restricciones de financiamiento. Por tanto, una agenda de evaluación más rigurosa
debería combinar indicadores de biodiversidad, carbono, agua, suelo, conectividad,
gobernanza, equidad y permanencia, evitando que una sola métrica capture de manera
insuficiente la complejidad del proceso (Brancalion et al., 2019; Gann et al., 2019).
En conjunto, la discusión permite afirmar que la restauración forestal aporta a la
resiliencia climática cuando se configura como una intervención ecológicamente
situada, socialmente legítima e institucionalmente sostenida. Su contribución más
robusta reside en recomponer funciones ecosistémicas, aumentar biomasa, ampliar
conectividad, reducir vulnerabilidades biofísicas y crear condiciones para que
comunidades y paisajes enfrenten perturbaciones climáticas con mayor capacidad de
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respuesta. Sin embargo, también queda claro que la restauración no puede sustituir la
protección de bosques existentes ni la reducción de emisiones, ni puede considerarse
exitosa solo por incrementar cobertura arbórea. La originalidad del enfoque tratado en
este artículo radica precisamente en desplazar la restauración desde una lógica de
compensación ambiental hacia una estrategia integral de resiliencia, donde el éxito
depende de la convergencia entre biodiversidad, clima, gobernanza y justicia territorial
(Holl & Brancalion, 2020; IPCC, 2022; Rozendaal et al., 2019).
5. Conclusiones
La restauración forestal se consolida como una estrategia relevante para fortalecer la
resiliencia climática en ecosistemas degradados, siempre que sea comprendida como
un proceso integral de recuperación ecológica, adaptación territorial y sostenibilidad
socioinstitucional. Los hallazgos revisados permiten concluir que su aporte no se limita
al incremento de cobertura arbórea, sino que involucra la recuperación progresiva de
funciones ecosistémicas esenciales, como la acumulación de biomasa, la conservación
de biodiversidad, la regulación drica, la estabilidad del suelo y la conectividad del
paisaje.
Asimismo, la restauración forestal contribuye de manera simultánea a la mitigación y a
la adaptación climática. Por un lado, favorece la captura y almacenamiento de carbono
en biomasa y suelos; por otro, mejora la capacidad de los ecosistemas para amortiguar
sequías, inundaciones, incendios, erosión y variaciones microclimáticas. Esta doble
función la convierte en una herramienta estratégica para territorios latinoamericanos
expuestos a presiones climáticas crecientes, aunque su efectividad depende de la
calidad ecológica de las intervenciones y no únicamente de la cantidad de árboles
plantados.
La comparación entre restauración activa y regeneración natural evidencia que no existe
una única vía restaurativa aplicable a todos los contextos. La regeneración natural
puede ser más eficiente y ecológicamente coherente cuando persisten remanentes
forestales, bancos de semillas, dispersores y condiciones favorables para la sucesión.
En cambio, la restauración activa resulta necesaria cuando la degradación ha bloqueado
la autorrecuperación del ecosistema, especialmente en suelos compactados, paisajes
fragmentados, áreas dominadas por especies invasoras o zonas sometidas a
perturbaciones recurrentes.
También se concluye que la sostenibilidad de la restauración forestal depende de
factores socioinstitucionales tan importantes como los ecológicos. La tenencia de la
tierra, la participación comunitaria, la gobernanza multinivel, el financiamiento, el
monitoreo y la distribución equitativa de beneficios determinan la permanencia de los
resultados en el tiempo. Sin estos elementos, los proyectos pueden convertirse en
intervenciones aisladas, vulnerables al abandono, al conflicto territorial o a la reversión
de los avances logrados.
En conjunto, el análisis permite afirmar que la restauración forestal debe evaluarse
mediante indicadores multidimensionales que integren biodiversidad, carbono, agua,
suelo, conectividad, gobernanza y bienestar local. La principal contribución del artículo
radica en desplazar la mirada desde una restauración entendida como compensación
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ambiental hacia una restauración concebida como infraestructura ecológica y social
para la resiliencia climática. Esta perspectiva ofrece una base conceptual y práctica para
orientar futuras investigaciones, políticas públicas y estrategias territoriales en
ecosistemas degradados de América Latina.
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